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Eludir la ley para poder ser

  • dialogoutopico
  • Mar 1, 2024
  • 4 min read

La estrategia de ocultamiento del pueblo gitano, pasar desapercibidas, vivir en la clandestinidad, ha servido no solo para sobrevivir sino para vivir.




Imagen del diálogo teatral ‘No soy tu gitana’, de Silvia Agüero en el que habla de las leyes antigitanas.


El 3 de marzo de 1499 se inició en España la persecución legal contra el pueblo gitano de la mano de una primera ley de máximo rango, que ordenó a mis antepasadas y antepasados dejar de ser nómadas (“no andéis más juntos vagando por estos nuestros reinos”) y tomar oficios “honestos”. La única salida laboral permitida a quienes no fueran cristianos viejos era someterse a un señor y servirle. En caso de incumplimiento las penas iban desde destierro, azotes y cárcel, hasta la esclavitud de por vida. Sobre ley se ha construido el antigitanismo.


Cada nuevo rey fue haciendo remiendos, como el que tuvo que incorporar Felipe II como reacción a la rebeldía de las gitanas: “Y ahora nos somos informados que contra el tenor y forma de la dicha nuestra carta [la de sus católicos abuelos] muchos gitanos y gitanas andan vagando por estos nuestros reinos y por evadirse de las penas en la dicha pragmática contenidas andan juntos de tres en tres y cuatro en cuatro, diciendo que andando de aquella manera no se comprendía contra ellos la dicha pragmática, ni la pena de los azotes y destierro se extendía contra las dichas gitanas”. O sea, que mis antepasadas eran tan rebeldes que les decían a los agentes de la autoridad: oiga usted, en la ley dice que no pueden ir más de tres gitanos juntos y aquí vamos dos gitanas y dos gitanos. Y tuvo Felipe II que recular y legislar, por primera vez en la historia, ¡utilizando el lenguaje inclusivo! Eso sí, el alarde feminista nos costó que, a partir de entonces, el ser gitana se pagase con 100 azotes. Esperemos que alguna vez el feminismo reconozca a mis tataratatarabuelas como precursoras y referentas en nuestra genealogía feminista.


Con cada nuevo remiendo se incrementaban las penas y se añadía una nueva prohibición de un rasgo cultural gitano. Así se consiguió que ser gitana, (vestirse, hablar, trabajar en oficios de, convivir con otras personas gitanas) fuera ilegal ¡so pena de muerte desde 1619! y, por tanto, clandestino.

Así, la clandestinidad, ese vamos a callar para seguir viviendo, se ha convertido en una estrategia que nos ha servido para llegar hasta el siglo XXI y seguir siendo y sintiéndonos gitanas a pesar de las más de 230 leyes antigitanas que llegan hasta la actualidad: el Tribunal Constitucional acaba de afirmar que el matrimonio gitano no es legal en España, lo que priva de derechos a viudas y huérfanas. La venta ambulante, principal salida laboral de las gitanas, está sometida a una reglamentación discriminatoria tal y como se ha puesto en evidencia durante la pandemia cuando se decretó el cierre de mercados ¡al aire libre!


Conozco casos de familias gitanas que ocultan su pertenencia étnica incluso a sus hijas e hijos. Una mujer joven me escribió para contarme que su padre esperó al lecho de muerte para confesarles que eran gitanos. Otra familia que, tras la Guerra (In)Civil, emigró a Barcelona y se empleó en la portería de una finca no contó jamás a ninguno de los residentes que eran gitanos. Y la Tía Ceija Stojka ‒superviviente del Samudaripen, el genocidio antigitano perpetrado por el nazismo– vendedora, cantante, poeta, escritora, pintora, que en Gloria esté‒ contaba que durante años se tiñó de rubia para pasar desapercibida y ganarse la vida. O el caso de la Tía Rosa Winter, ¡que Undebel la tenga en su Gloria!, que contaba que su madre quedó coja de una pierna a consecuencia de los malos tratos recibidos en el campo de concentración y que, al término de la guerra, acudió a un tribunal médico para que le reconociesen su derecho a recibir una pensión por estas secuelas. Cuál no sería su espanto al descubrir que los miembros del tribunal médico eran los mismos que trabajaban para los nazis en el campo. Desde entonces, toda la familia de la Tía Rosa decidió ocultarse, negar su identidad étnica, parecer paya para sobrevivir al antigitanismo.


Por todo esto, muchas familias gitanas han conservado el Rromipen (la gitanidad) en la clandestinidad de sus casas, sin mostrar en público nada que pudiera convertirlas en objeto de persecución. Mantenemos el romanó, pero de una forma tan influida por el castellano que es un gitañol que resulta incomprensible para nuestras primas romanoparlantes de otros países. Mantenemos vivo nuestro sistema de derecho consuetudinario que contribuye a la buena convivencia en el seno de nuestras comunidades.


Esa estrategia de ocultamiento, pasar desapercibidas, vivir en la clandestinidad, ha servido no solo para sobrevivir sino para vivir: buscarse la vida en ámbitos clandestinos (estraperlo, contrabando, artes adivinatorias, la farándula) se ha convertido en parte de nuestra identidad de manera que hoy cuesta trabajo que se nos asocie con el ejercicio de oficios y profesiones “honestas” y tengamos que proclamar a los cuatro vientos que existimos gitanas maestras, médicas, ingenieras, conductoras, cajeras… como si ser vendedoras ambulantes, cantaoras, braceras o chatarreras tan solo fuera una confirmación de nuestra esencia.


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